Hasta tres médicos de distintas especialidades me recomendaron perder peso y hacer algo de ejercicio para mejorar los dolores de espalda que venía arrastrando desde el embarazo, hacía ya siete años. Viviendo con dos niños pequeños, no poder agacharme a recoger cosas del suelo hizo de la escoba y el recogedor mis mejores aliados . Solo tenía 42 años y no podía mover la espalda, sin ninguna dolencia grave diagnosticada. Todo eso resonaba en mi cabeza cada vez que me quedaba encasquillada al sentarme en un taburete, al salir de la cama, al tener que rodar en el suelo antes de poder levantarme,…
Si encuentras la motivación adecuada, frases como «empiezo la dieta el lunes» o «dejo de fumar el 1 de marzo» o «empiezo a ir al gimnasio en junio» dejan de tener sentido. No es cuestión de fijarse una fecha; es tan simple con encontrar una motivación real y propia. Para ello hay que hablar con nuestro yo interior y ser sinceros y honestos con nosotros mismos, hasta encontrar ese motivo que va a hacer que nos mantengamos fuertes en nuestra decisión. Si es necesitas comerte un donut de chocolate mientras reflexionas sobre ello, hazlo.
Un día cualquiera, bajando unas escaleras, noté cómo mi barriga y mi pecho chocaron y precisamente ese fue el momento que decidí empezar a cuidarme. No recuerdo qué día fue. Aproximadamente era marzo. Fue entonces cuando yo me convertí en mi principal objetivo y nada podía apartarme de esa primera posición: si había que limpiar la casa, sería después; si había que ir a comprar comida, sería después. Si tenía una reunión de trabajo, sería después. No había escusas para no cuidarse un día. Todos los días la prioridad era yo. El simple hecho de pensar en mí me hacía sentir muy bien por dentro y empecé a ver las cosas de forma muy distintas, con más calma, con más control, menos ansiedad, más felicidad.
En pocas semanas se empezaron a ver resultados externos.
Y así fue cómo empecé a cuidar mi dieta y hacer ejercicio regularmente.

