Ese amor-odio hacia la comida

Una vez que empiezan nuestros esfuerzos a dar sus frutos y nos sentimos mejor con nosotros mismos, lo normal es relajarse un poco y lo que se lleva a rajatabla se empieza a nublar ante una cena con amigos (una patata frita con una cañita tampoco puede sentar mal…)

¿Y ahora qué?

El otro día leía una «noticia» en la que se explicaba que la reina Letizia no toma azúcar, nada, ni un poco, ni un mísero pastelito diminuto en una celebración familiar. Esto me hizo reflexionar: ¿estoy preparada para sacar definitivamente de mi dieta ciertos alimentos, para siempre? Mira que el «para siempre» se puede hacer muy largo… Es cierto que no suelo tomar azúcar habitualmente pero en alguna ocasión, algo dulce sí que me he comido. También es cierto que después de comerlo no me he sentido del todo bien al respecto por lo que las demás situaciones en las que he tenido oportunidad de comer algo dulce, no lo he hecho, no sin algo de rabia interna por luchar conmigo misma.

La última vez fue diferente: allí estaba delante de mí toda una bandeja de suculentos dulces que todos devoraban a mi alrededor y que a mí, simplemente, no me apetecían. No quería comerlos. Claro que mi debilidad es el pan, no los dulces… aunque mis «desmadres» se quedan en comer pan dos veces al día, en lugar de una (tampoco es un pecado tan terrible).

Tengo un amigo que cuida bastante su alimentación y siempre intenta elegir la opción más saludable a la hora de comer. Sin embargo, no es capaz de superar su adicción al azúcar y de vez en cuando se compra una oferta especial de 4+2 Donuts y se los come de una sentada (a mí se me caerían los dientes con semejante sobredosis de azúcar).

Como ya sabemos todo está en la cabeza, en controlar las sensaciones de placer que relacionamos con la comida, en controlar la tentación, en controlar la reacción que nos produce comer de forma saludable,… todo es cuestión de control pero, ¿qué sería del ser humano si no nos permitiéramos el lujo de descontrolar de vez en cuando? Al igual que cuidarnos hace que nos sintamos bien, descontrolar y «saltarse» las normas hace que nos sintamos vivos.

Es por esto que necesitamos encontrar nuestro propio equilibrio, como con todo, entre lo que nos dice el angelito bueno y el diablo malvado, siempre siendo benevolentes con nosotros mismos y aceptando las consecuencias de nuestras decisiones, sin sentimientos de culpabilidad o fracaso, confiando en nuestra fuerza de voluntad y, en definitiva, en nosotros mismos: si se ha hecho un vez, se puede volver a hacer.

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