¿Conoces esa sensación de andar siempre por detrás de todo y de todos? Épocas en las que tienes la necesidad de que el día tenga 30 horas y sientes que las rutinas semanales se eternizan y no avanzas, como si llevaras un lastre en los tobillos que lo dificulta todo. No es más que una señal de socorro que tu cuerpo te está enviando con urgencia. De la única forma que sabe te está diciendo: «¡Hasta aquí hemos llegao!» Y baja el nivel de ánimo hasta los pies de manera que todo empieza a verse más oscuro y complicado… ¡Es hora de unas vacaciones! ¿Y qué pasa si es mayo? Quizá no puedas tomarte unas vacaciones pero lo que sí puedes hacer es ser consciente de la necesidad de una pausa y actuar en consecuencia, buscar burbujas de oxígeno en lo cotidiano (o botes de espinacas si eres Popeye) para recobrar las fuerzas.
He tenido la suerte de poder disfrutar de 5 días de cambio de rutinas, de escenario, de aires y de gente y me he dado cuenta de lo importante que es tomarse un respiro, no sólo físicamente sino también emocionalmente, desconectarse de todo para volver a conectar con las ideas más ordenadas y los sentimientos más positivos. Es como un salto al vacío en el que, si confías en ti mismo, sabes que justo antes de llegar al suelo aparecerá la red. Hay que concederse pausas, buscar el momento para esa desconexión tan necesaria de igual forma que el guerrero necesita descanso para volver más fuerte a la lucha.
Una vez que el ejercicio, la alimentación saludable y una visión agradecida de la vida forma parte de nosotros, no hay que tener miedo a desear ser salvaje y descontrolarse de vez en cuando: debemos confiar en nosotros mismos, confiar en recuperar nuestras rutinas saludables sin tener la sensación de estar saliéndonos del camino «correcto».
Hay días en los que no puedes mover un músculo, la espalda tira más de lo habitual y tu cuerpo parece no responder. No es mal momento para descansar, para concederte un día sabático, un día de no hacer nada. Te olvidas de las tareas cotidianas y te abrazas al nadismo.
Una vez más no hay un tiempo mejor que otro ni alguien lo hace mejor o peor si tarda más o menos. Es algo personal, por lo que no sigue ninguna norma, y cada persona necesita su tiempo para sentirse recuperada y volver con más fuerza.
Hay días que quieres comer un dulce porque lo necesita más, quizá, tu mente que tú estómago. Pues es un momento perfecto para disfrutar de esa galleta de tu pueblo o ese bizcocho que te hace tu madre. La clave está en disfrutarlo.
Hay días que no sientes tanta felicidad y necesitas llorar por alguien que se fue, por algo que perdiste, por algún amor imposible. No hay que reprimirlo, sino dejar que fluya y soltar esa angustia, durante el tiempo que haga falta. Esos momentos de liberación también contribuyen positivamente a nuestro bienestar.
Hay que estar en constante conexión con nosotros mismos para atender adecuadamente las necesidades que van surgiendo. De esta forma somos más conscientes del presente y se disfruta al máximo de lo único que tenemos: el ahora.
